miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡¡¡AHI VIENEN LAS VACAS!!!





Una cosa que quiero incluir entre mis recuerdos del Santo Domingo de los 50s es la de las vacas que, de vez en cuando, cruzaban por las calles de aquel Gascue romántico donde vivíamos.

Yo tendría unos siete, ocho o nueve años. Venían desde San Carlos o desde lo que entonces llamábamos la parte alta de la ciudad y las llevaban hacia el matadero. Cuando se acercaban, se escuchaba el ruido de sus patas golpeando contra el asfalto y, de inmediato, alguien gritaba:

«¡Ahí vienen las vacas!»

Entonces todo el mundo corría a cerrar las puertas de sus casas. No era para protegerse de las vacas, naturalmente, sino para evitar que alguna se metiera en los patios o se desviara hacia los callejones. Y no era algo que ocurriera una sola vez. Era una escena que formaba parte de la vida de aquel Santo Domingo que yo conocí de niño.


Para nosotros, los muchachos del vecindario era una tremenda diversión y un corredero y una risa imparable. Muchas veces las vacas estuvieron apunto de atropellarnos, pero eso en lugar de de servirnos de escarmiento, lo que hacía era darnos más risa. Nuestros padres nos llamaban con cierta desesperación y hasta temor pero a esa edad el miedo era disfrazado por el goce  del desorden de un San Fermín sin toros sino de vacas tropicales.

Con los años, uno comienza a preguntarse hasta qué punto conserva fielmente sus recuerdos. Hay escenas que se vuelven borrosas; otras parecen exageradas por el paso del tiempo y algunas llegan a parecernos tan extrañas que uno termina preguntándose si realmente sucedieron como las recuerda.

Por eso, hace algún tiempo, me puse a buscar información para comprobar si aquel recuerdo de las vacas atravesando las calles de Santo Domingo era realmente posible o si mi memoria de niño había convertido una escena ocasional en algo mucho más frecuente.

Y descubrí que no era una fantasía.

En aquellos años Santo Domingo todavía conservaba muchas características de una ciudad pequeña y con una estrecha relación con el campo. El ganado formaba parte de la actividad cotidiana de la ciudad y existían instalaciones destinadas a su sacrificio y procesamiento. En 1942, por ejemplo, comenzó a funcionar el Matadero Industrial de Ciudad Trujillo, situado en la carretera Sánchez. También existían disposiciones municipales relacionadas con el tránsito de animales por las calles.

Es decir, aquellas vacas que yo recuerdo pasando frente a nuestra casa no eran una imposibilidad ni una invención de mi memoria. Formaban parte de una ciudad que estaba cambiando rápidamente, pero en la que todavía sobrevivían muchas escenas propias de una época anterior.

Hoy, cuando uno contempla el tamaño de Santo Domingo, sus avenidas, sus edificios y el enorme crecimiento que ha experimentado la ciudad, resulta casi inconcebible imaginar una manada de vacas atravesando una calle residencial.

Pero hay que recordar que aquel Santo Domingo era muy pequeño comparado con el de hoy. La ciudad apenas comenzaba a extenderse hacia lo que entonces eran sus zonas periféricas. La avenida Máximo Gómez constituía prácticamente el límite de la ciudad hacia el oeste y la población todavía estaba muy lejos de la que tendría décadas después.

Así éramos de pequeños.

Y quizá esa sea precisamente la razón por la que aquel recuerdo se me ha quedado grabado durante tantos años: porque en aquella ciudad pequeña, donde todos parecían conocerse y donde todavía había una cierta cercanía entre la vida urbana y la rural, la llegada de unas vacas podía convertirse en un acontecimiento. Es por todo esto que aun recuerdo aquel aviso:

«¡Ahí vienen las vacas!»



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