sábado, 27 de junio de 2026

EL CHIRRIDO DE LAS ESCALERAS DE MACY'S

                                                   



Mi primera experiencia con unas escaleras eléctricas fue en la tienda Macy’s, durante mi viaje a Nueva York en 1960 junto a mi madre y mi hermano. Aquel viaje fue un descubrimiento que iba mucho más allá de los confines de nuestra isla. Yo siempre había vivido en la República Dominicana y, para un joven de entonces, que nunca había viajado todo era completamente nuevo.


Nueva York era movimiento constante. Me impresionaban el incesante ir y venir de la gente, el dinamismo de la ciudad, la inmensidad de las tiendas, la abundancia de mercancías, los desayunos generosos y la extraordinaria diversidad de ofertas para todos los gustos.


Pero, sobre todo, me marcaron sus museos. La visita al Museo de Historia Natural y al Museo Metropolitano fue para mí una revelación. Descubrí la inmensidad del mundo, la riqueza de la historia y el inmenso patrimonio artístico de la humanidad. Aquella experiencia también me hizo pensar en la pobreza de nuestros museos de entonces, que languidecían con colecciones muy limitadas y escasos recursos para despertar la curiosidad de los visitantes.


Sin embargo, esta historia no trata de museos. Trata de unas escaleras.


Antes del viaje había oído a varios amigos contar que en Nueva York existían escaleras eléctricas. Yo escuchaba aquellas historias con incredulidad. Pensaba que me estaban tomando el pelo. ¿Cómo podían existir unas escaleras que subieran solas? En la República Dominicana de 1960 no había una sola. El concepto mismo parecía propio de la ciencia ficción. Quizás las había visto fugazmente en alguna película de Hollywood, pero no guardaba un recuerdo claro de ellas.


El momento llegó cuando entramos en Macy’s para comprar algunos artículos que necesitaríamos durante la continuación de nuestro viaje por Europa. Allí estaban, frente a nosotros: aquellas famosas escaleras que parecían moverse por sí mismas.


Mi madre, mi hermano y yo nos detuvimos a observar. Durante varios minutos estudiamos cuidadosamente a quienes subían y bajaban. Queríamos entender cómo se entraba sin tropezar y, sobre todo, cómo se salía al llegar arriba. Nos parecía que el verdadero desafío no era subir, sino bajarse de aquella máquina en movimiento sin hacer el ridículo.


Finalmente nos armamos de valor. Cuando llegó el momento, dimos un pequeño salto y abordamos la escalera. Mientras ascendíamos, no dejábamos de mirar el escalón que desaparecía al final del recorrido. Yo me preguntaba con cierta ansiedad qué ocurriría si no acertábamos a salir a tiempo.


Cuando llegó el momento, volvimos a dar otro pequeño salto… y todo salió perfectamente. Nos echamos a reír, aliviados y divertidos por aquel temor que ahora nos parecía tan ingenuo.


Sesenta y seis años después regresé a Macy’s con mi esposa y mi nieto mayor. Las escaleras siguen allí como podrán ver en la foto que acompaña este artículo. 1/ Tal vez ya no sean las mismas, pero continúan cumpliendo la misma función. Sin embargo, hubo un detalle inesperado que me emocionó profundamente: el inconfundible chirrido de sus mecanismos.


Aquel sonido era el mismo que había escuchado en 1960.


Bastó ese chirrido para borrar más de medio siglo. Durante unos segundos dejé de ser el hombre que regresaba a Nueva York y volví a convertirme en aquel muchacho dominicano que, lleno de curiosidad, descubría un mundo que parecía venido del futuro.


Comprendí entonces que la memoria no solo se conserva en las fotografías o en los lugares. A veces permanece escondida en un sonido. Y, para mí, el chirrido de las escaleras de Macy’s seguirá siendo, para siempre, la banda sonora de mi primer encuentro con la modernidad.


1/ foto tomada por el autor en 2026 en la tienda Macy's

EL CHIRRIDO DE LAS ESCALERAS DE MACY'S

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